eMMe

— porque hago lo q hago






No vengo del mundo del arte ni de la moda. No crecí rodeado de referencias, no estudié diseño ni aprendí nombres de pintores o diseñadores.

Mi trabajo nace de otro lugar: de cuestionarme la vida antes de vivirla.

Desde muy joven tuve la intuición —o la urgencia— de no entrar en la vida convencional: estudiar algo por inercia, endeudarme, trabajar en algo que no me representa, enamorarme rápido solo para cumplir expectativas y, un día, despertar atrapado en decisiones tomadas por miedo o costumbre. Veía ese camino repetirse en la mayoría de las personas y pensé: si sigo ese camino es altamente probable que termine como todos.

Es por eso que decidí no seguir ese patrón. No estudiar, no acelerar mi vida, no entrar en la maquinaria social sin saber quién era.

Me aislé. Literalmente. Me alejé del ruido, de la colectividad, de lo que se supone que uno “debe” hacer. Y con el silencio vino la reflexión. Entendí que sentir no es simplemente estar bien o mal: es un espectro inmenso que nadie nos enseña a leer. Me dediqué a hablar conmigo mismo, a cuestionar cada emoción, cada impulso, cada rabia y cada miedo. Hasta que llegué a una conclusión:

La vida no se trata de encontrarle un sentido, sino de sentirla.

Pero sentir sin expresar es quedarse a mitad de camino. Llegó un punto en que la necesidad de sacar todo lo que llevaba adentro, conceptos, contradicciones, críticas, emociones— se volvió inevitable.

Ahí apareció la pintura. No por admiración al arte, sino por necesidad. Sin saber lo que era un bastidor, sin conocer técnicas, barnices o gesso, empecé pintando en la pared de mi pieza. Al principio me costó: pasé semanas sin lograr nada porque quería que cada decisión tuviera un porqué. Cuando esa búsqueda se volvió pura impotencia, busqué una referencia que terminó siendo la película de Van Gogh. Me liberó. Entendí que él pintaba lo que veía, pero desde su estilo, desde su manera única de interpretar lo que es igual para todos. Eso me abrió el camino.

Mi estilo nace justamente de esa incapacidad de copiarlo: líneas, movimientos, flujos, momentos atrapados en segundos. Mis cuadros fueron el primer lugar donde pude mostrar lo que tenía guardado durante años: ideas, críticas a la sociedad, reflexiones sobre el amor, la vida, la rabia y la identidad humana.

La ropa llegó después, casi como una consecuencia natural, porque lo que siento no cabe solo en un lienzo. No es que la pintura me limitara, pero yo buscaba movimiento. Para mí, la vida son momentos: segundos efímeros que, cuando pinto, intento capturar. Esos instantes, ya sea del momento en que estoy pintando o de lo que me llevó a hacerlo quedan atrapados en un cuadro. Pero, por mucho que uno pueda darle dinamismo a una obra, yo necesitaba que el movimiento existiera de manera visual y literal.

Y en eso la ropa me ayudo, tengo la tela, la trabajo, construyo un pantalón, y ya en ese proceso la pieza cambia. Pero aun así sigue siendo un material estático, algo que no tiene vida. Es recién cuando alguien la usa que vuelve a transformarse. El movimiento de una persona al caminar, y más aún, el hecho de que la prenda sea habitada por un cuerpo es lo que completa la obra. Es en ese gesto donde ocurre lo que más me interesa: cuando algo que no tiene vida le da más vida a lo vivo.

No sigo tendencias, branding ni identidades de marca. Mi identidad es simple: soy yo. Soy todo lo bueno y lo malo que existe, en constante conducción. Porque si algo he aprendido es que la diferencia entre destruir y crear no está en lo que uno siente, sino en cómo lo conduce.

Mi obra, ya sea pintura o ropa es eso: la conducción de lo que soy.